“Tontocracia: cuando la ignorancia se convierte en un sistema”

Hay palabras que nacen en los márgenes del debate público y terminan describiendo una realidad mejor que muchos informes académicos. Una de ellas es tontocracia. No figura en los manuales de Derecho Constitucional ni en los tratados de Ciencia Política, pero cada vez aparece con más frecuencia en conversaciones, artículos y redes sociales para describir una sensación compartida por muchos ciudadanos: la impresión de que la incompetencia, la superficialidad y la improvisación ocupan demasiados espacios de decisión.

Conviene aclararlo desde el principio. Nuestro país sigue siendo una democracia europea consolidada, con instituciones sólidas, libertades públicas y un Estado de Derecho plenamente operativo. Hablar de “tontocracia” no significa cuestionar la democracia, sino alertar sobre un riesgo de cualquier sociedad moderna, cuando el conocimiento pierde valor frente al espectáculo, la opinión pesa más que los hechos y la popularidad sustituye a la capacidad. La pregunta no es si hemos llegado a ese punto, sino cuánto nos estamos acercando a él.

Nunca hubo tantos canales para expresarse. Cualquier ciudadano puede compartir una opinión sobre economía, medicina, energía, derecho, geopolítica, vulcanismo, pandemias o meteorología con una audiencia potencial de millones de personas.

Esto, en principio, es una buena noticia. Una sociedad abierta necesita pluralidad de voces. El problema aparece cuando desaparece la diferencia entre opinar y saber.

Durante décadas, la autoridad intelectual se construía mediante estudio, experiencia y resultados. Hoy, en demasiadas ocasiones, se construye mediante visibilidad. El número de seguidores parece importar más que el conocimiento acumulado. El impacto emocional vale más que la precisión. El fenómeno afecta a buena parte del mundo occidental. Sin embargo, en nuestro país coincide con problemas estructurales que amplifican sus efectos.

Los problemas que arrastramos son de sobra conocidos, exceso de burocracia, productividad estancada, falta de pensamiento a largo plazo por la búsqueda de resultados inmediatos al corto plazo en casi todos los aspectos, polarización política creciente incentivada por los propios partidos políticos, desprestigio de los méritos y de la cultura del esfuerzo, por la banalidad de lo inmediato.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La explicación no es única. La revolución digital ha acelerado los flujos de información hasta niveles inéditos. La abundancia de datos no siempre genera más conocimiento; en ocasiones produce más confusión.

Al mismo tiempo, la sociedad vive sometida a un ruido constante que dificulta la reflexión pausada. Consumimos titulares en lugar de análisis. Fragmentos en lugar de contexto. Reacciones en lugar de razonamientos.

A esto se suma una cultura de la inmediatez donde todo debe ser rápido. Las respuestas, las decisiones y hasta las opiniones son rápidas. Pero los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples.

La solución para salir de la tontocracia no pasa por limitar la libertad de expresión ni por crear élites autoproclamadas que decidan quién puede opinar. Creo que la salida es mucho más sencilla y mucho más exigente.

Debemos recuperar el valor del conocimiento, la experiencia, la formación y la evidencia deben volver a ocupar un lugar central en el debate público. Escuchar a los expertos no significa obedecerlos. Significa reflexionar y considerar lo que saben.

Apostar por la educación crítica, más que memorizar datos, necesitamos ciudadanos capaces de analizar información, detectar manipulaciones y construir criterio propio. La educación sigue siendo la inversión más rentable que puede hacer una sociedad.

Premiar la competencia, tanto en el sector público como en el privado, los puestos de responsabilidad deben estar vinculados a la capacidad demostrada. Las organizaciones funcionan mejor cuando a los mejores se les deja desarrollar su talento.

Fomentar una cultura del esfuerzo, el progreso económico y social nunca ha surgido de la improvisación permanente. Surge del trabajo, la disciplina, la innovación y la constancia.

Recuperar el debate sereno, no todos los desacuerdos son conflictos. Una democracia madura necesita espacios donde sea posible discutir ideas sin convertir cada diferencia en una confrontación personal.

La verdadera amenaza para una sociedad no es que existan personas equivocadas. Todos nos equivocamos. La amenaza aparece cuando se deja de valorar el conocimiento, cuando la ignorancia se exhibe con orgullo y cuando el criterio se sustituye por el aplauso fácil.

España tiene fortalezas extraordinarias, talento, capacidad emprendedora, creatividad, infraestructuras, universidades, empresas competitivas y una sociedad dinámica. Los problemas existen, pero también existen los recursos para resolverlos.

Quizá la cuestión no sea si vivimos en una tontocracia. Quizá la pregunta correcta sea si estamos dispuestos a volver a premiar la inteligencia, el esfuerzo, la responsabilidad y el sentido común. Porque las democracias no fracasan cuando aparecen los problemas. Fracasan cuando dejan de tomarse en serio las soluciones.

Antonio Luis Gon´zalez Núñez

Presidente de Fedeco Canarias