“Medios y pseudomedios”

Vivimos en una época paradójica. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir la verdad de lo falso. Se publican miles de noticias, opiniones, vídeos, análisis y comentarios. El problema es que no todo lo que parece información lo es. Y tampoco todo el que se presenta como periodista ejerce el periodismo ya que se venden más periodistas que periódicos y tenemos que sufrir millones de plumas cargadas a la obediencia de sus pagadores y no al interés de la ciudadanía y en defensa de la verdad.
La proliferación de los llamados pseudomedios constituye uno de los fenómenos más relevantes y preocupantes de nuestro tiempo. No hablamos necesariamente de pequeños medios alternativos o de voces discrepantes, algo perfectamente legítimo y necesario en una democracia sana. Hablamos de estructuras cuya finalidad principal no es informar, sino influir; no es contrastar, sino confirmar prejuicios; no es buscar la verdad, sino fabricar relatos que generen clics, audiencia o adhesión ideológica.


La diferencia entre un medio y un pseudomedio no siempre está en su tamaño, ni siquiera en su línea editorial. Está en el método. El periodismo auténtico verifica, contrasta, da derecho de réplica, rectifica cuando se equivoca y distingue claramente entre información, opinión y publirreportaje. El pseudomedio hace exactamente lo contrario: selecciona los hechos que encajan en una narrativa previa, omite los que la contradicen y convierte la opinión en una supuesta verdad incontestable.


No debemos nunca confundir la opinión pública con la opinión publicada. No todo lo que se escribe y llega a los ciudadanos es la verdad. Está en nosotros ser críticos y descubrirlo. Estimular el sentido crítico y no dejarnos engañar por interesados cantos de sirena.


Lo preocupante es que estos contenidos encuentran cada vez más audiencia. Y la pregunta no debería ser únicamente por qué existen, sino por qué triunfan.


La respuesta tiene mucho que ver con la psicología humana. Los seres humanos no solemos buscar información para cambiar de opinión. Buscamos información para confirmar la opinión que ya tenemos. Es lo que los psicólogos denominan “sesgo de confirmación”. Si alguien cree que todos los problemas económicos tienen una determinada causa, tenderá a consumir medios que refuercen esa idea. Si otro está convencido de lo contrario, hará exactamente lo mismo desde el otro extremo.


La verdad tiene un problema competitivo: suele ser compleja, matizada y aburrida. La mentira, en cambio, suele ser sencilla, emocional y contundente. Explicar una crisis económica exige datos, contexto y análisis. Buscar a un único culpable genera más audiencia en menos tiempo.


Las redes sociales han amplificado este fenómeno hasta límites insospechados. Los algoritmos no premian la verdad. Premian la interacción. Y nada genera más interacción que la indignación, el miedo o la confrontación. Un titular sensacionalista tiene muchas más posibilidades de viralizarse que una explicación rigurosa de un asunto complejo.
Esto ha generado una industria de la atención donde la información se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en un producto diseñado para generar emociones antes que conocimiento. Cuanto más enfadado esté el usuario, más tiempo permanecerá conectado. Cuanto más polarizado se encuentre, más predecible será su comportamiento digital.
Sin embargo, sería injusto meter a todos en el mismo saco. Frente a esta tendencia siguen existiendo periodistas, analistas, investigadores y medios que realizan un trabajo extraordinario. Profesionales que verifican datos, consultan fuentes, contrastan versiones, dan replica y dedican horas a comprobar lo que otros publican en segundos.
Su labor resulta menos visible y poco agradecida porque el rigor raramente compite bien contra el espectáculo. Pero precisamente por eso merece ser reconocida y defendida.


La cuestión es que la responsabilidad ya no recae únicamente sobre quien informa. También recae sobre quien consume información. Del mismo modo que exigimos calidad cuando compramos alimentos o contratamos un servicio, deberíamos exigir rigor, veracidad y calidad cuando elegimos nuestras fuentes informativas.
¿Cómo combatir la desinformación? Pues deberíamos recuperar el hábito de la duda razonable. Desconfiar tanto de aquello que nos parece escandalosamente falso como de aquello que coincide exactamente con nuestras convicciones. La verdad rara vez encaja perfectamente en los extremos.


Tendremos que diversificar las fuentes. Quien solo escucha una versión de los hechos acaba confundiendo información con propaganda, aunque esta coincida con sus propias ideas.


Debemos valorar el trabajo profesional. La información rigurosa tiene un coste. Requiere tiempo, recursos y experiencia. Cuando los ciudadanos solo consumen contenidos gratuitos y de baja calidad, terminan alimentando el ecosistema que dicen rechazar.


Tenemos que fortalecer la educación crítica. No basta con enseñar a leer; hay que enseñar a interpretar, contrastar y contextualizar. La alfabetización mediática será una de las competencias más importantes de este siglo.
Porque el verdadero problema no es que existan mentiras. Las mentiras han existido siempre. El problema aparece cuando una sociedad deja de valorar la verdad.


Las democracias pueden sobrevivir a las crisis económicas, a los cambios tecnológicos e incluso a los errores políticos. Lo que les resulta mucho más difícil es sobrevivir cuando los ciudadanos ya no comparten una realidad común sobre la que debatir.


Por eso defender el periodismo riguroso no es defender una profesión. Es defender una herramienta esencial para que la libertad siga teniendo sentido.


Y en tiempos donde cualquiera puede publicar, opinar o viralizar un mensaje, quizá la verdadera rebeldía consista en hacer algo tan sencillo y tan revolucionario como comprobar si es cierto.

Antonio Luis González Núñez

Presidente de Fedeco Canarias