“La IA es inteligente, pero no lista”

Hay una frase que resume bastante bien el momento tecnológico que estamos viviendo: la inteligencia artificial es inteligente, pero no es lista.

Puede escribir en segundos un informe que a una persona le llevaría horas. Puede analizar millones de datos, resumir documentos, traducir idiomas, generar imágenes, programar, detectar patrones y mantener una conversación razonable sobre casi cualquier asunto. Y, sin embargo, puede equivocarse con una seguridad admirable.

Una de las grandes paradojas de la inteligencia artificial: es extraordinariamente competente en determinadas tareas, pero carece de aquello que los humanos hemos aprendido a desarrollar durante miles de años: criterio, experiencia vital, sentido común, intuición y conciencia de las consecuencias de nuestras decisiones.

La máquina puede saber muchísimo. Pero saber mucho no significa necesariamente saber qué hacer con ello.

La inteligencia artificial trabaja extraordinariamente bien con patrones, información y probabilidades. Analiza lo que tiene delante y genera una respuesta basándose en enormes cantidades de información y en complejos modelos matemáticos. Pero existe una diferencia fundamental entre procesar información y comprender la realidad.

Un empresario que lleva años gestionando una empresa puede detectar que algo no funciona, aunque los números parezcan razonables. Un médico experimentado puede percibir que un paciente no está bien antes de disponer de todas las pruebas. Un abogado puede advertir que una posible solución jurídicamente puede ser un desastre en la práctica.

No necesariamente pueden explicar en ese instante cómo han llegado a esa conclusión, es bagaje y experiencia. La IA puede analizar los datos de una empresa. Lo que todavía no puede hacer de la misma manera es haber vivido esa experiencia. Y esa diferencia importa.

Uno de los puntos débiles más conocidos de los sistemas de IA generativa son las denominadas alucinaciones: respuestas que parecen verdaderas, reales y plausibles, están bien redactadas y pueden incluso incluir referencias aparentemente convincentes, pero contienen información incorrecta, errónea o inventada.

El problema no es que la máquina se equivoque, los humanos también lo hacemos. El verdadero problema es que la IA puede equivocarse con una extraordinaria fluidez. Una persona que duda transmite incertidumbre. Una máquina puede presentar una afirmación totalmente falsa con una redacción impecable.

Por eso existe un principio que debería convertirse en norma profesional: cuanto más importante sea una decisión, menos debemos confiar ciegamente en una respuesta automática. En fiscalidad, derecho, medicina, inversiones, ingeniería o gestión empresarial, la IA debe ser una herramienta de apoyo, no una autoridad incuestionable.

La IA no sabe lo que no sabe y ese es otro de sus límites fundamentales y está relacionado con el contexto.

Una persona entiende determinadas situaciones porque ha vivido dentro de una sociedad, conoce sus normas, comprende las relaciones humanas y ha aprendido de las consecuencias de sus propios errores.

La IA no tiene infancia, no tiene familia, no ha perdido dinero en una mala inversión, no ha despedido a un trabajador, no ha negociado durante horas un contrato ni ha tenido que mirar a los ojos a una persona para comunicarle una mala noticia.

Puede describir esas situaciones. Pero describir una experiencia no equivale a haberla vivido. Y aquí aparece una diferencia extraordinariamente importante ya que el conocimiento puede transmitirse. La experiencia no completamente.

El sentido común es una de esas capacidades que utilizamos constantemente y que resultan muy difíciles de explicar. Sabemos que no debemos cruzar una carretera sin mirar, aunque nadie nos haya proporcionado una ecuación sobre el tráfico. Sabemos que una persona que responde con evasivas probablemente no está encantada con nuestra propuesta. Sabemos que una oferta demasiado buena puede esconder algo. Sabemos que una empresa que pierde dinero durante años no se convierte automáticamente en una gran empresa porque una presentación de PowerPoint diga que está “en fase de crecimiento”.

La inteligencia artificial puede analizar estas situaciones. Pero el sentido común humano incorpora contexto, experiencia, emociones, cultura y consecuencias. Y eso no cabe fácilmente en una base de datos.

Se habla mucho de la capacidad creativa de la IA. Y es cierto que puede generar textos, imágenes, música, diseños y propuestas extraordinariamente sofisticadas. Pero conviene distinguir entre generar combinaciones novedosas y tener una intención creativa propia.

Una persona puede crear una obra porque quiere transmitir una experiencia, denunciar una injusticia, recordar a alguien, provocar una emoción o cambiar la manera en que otros contemplan el mundo.

La IA genera porque ha sido diseñada para hacerlo a partir de patrones y objetivos determinados.

Puede producir una imagen magnífica. Pero no tiene nostalgia de aquello que representa. Puede escribir un poema sobre la pérdida. Pero no ha perdido a nadie. Puede elaborar un discurso sobre el miedo. Pero no tiene miedo. Esta diferencia puede parecer filosófica. En realidad, tiene importantes consecuencias económicas y profesionales.

La mayor amenaza de la IA quizá no sea que se vuelva demasiado inteligente. Puede ser que los humanos nos volvamos demasiado confiados. Delegar tareas repetitivas es razonable. Delegar análisis preliminares puede ser extraordinariamente útil.

Utilizar IA para detectar patrones, comparar escenarios o acelerar procesos puede aumentar considerablemente la productividad. Pero delegar nuestro criterio sería otra cosa.

Una empresa que utiliza IA para analizar miles de operaciones puede ser más eficiente. Una empresa que deja que la IA decida sin supervisión quién obtiene financiación, quién es contratado, qué cliente merece atención o qué inversión debe realizarse está trasladando una responsabilidad que continúa siendo humana. La tecnología puede recomendar. La responsabilidad no puede automatizarse tan fácilmente.

El profesional del futuro no competirá contra la IA, probablemente competirá contra otro profesional que sabe utilizarla mejor y ésta es una diferencia fundamental.

Durante mucho tiempo se ha planteado el debate en términos de “personas contra máquinas”. El escenario más probable es bastante diferente: personas que utilizan máquinas contra personas que no las utilizan.

Un economista que emplea IA para analizar información y dedica su tiempo al diagnóstico económico puede aportar más valor que aquel que continúa empleando horas en tareas que pueden automatizarse. Un asesor fiscal que utiliza herramientas inteligentes para revisar normativa, detectar inconsistencias y preparar escenarios puede dedicar más tiempo a la estrategia de sus clientes. Un comerciante puede analizar tendencias de consumo, mejorar sus campañas y conocer mejor a sus clientes. Un abogado puede acelerar la revisión documental. Un arquitecto puede explorar cientos de alternativas y realizar cálculos de estructuras más ágilmente. Un empresario puede convertir datos dispersos en información útil. La tecnología aumenta la productividad cuando el conocimiento humano sabe dirigirla.

La IA tiene una ventaja espectacular que es la velocidad ya que puede hacer en segundos lo que a nosotros nos llevaría horas y días. Pero la velocidad no siempre es una virtud. Una decisión equivocada tomada rápidamente sigue siendo una decisión equivocada. Y cuanto más rápida sea la tecnología, mayor debe ser nuestra capacidad para detenernos y preguntar: ¿Tiene sentido?

Esta pregunta aparentemente sencilla puede convertirse en una de las competencias profesionales más valiosas del futuro. Porque la IA puede ofrecer diez respuestas en pocos segundos y el profesional tendrá que decidir cuál merece la pena.

La inteligencia artificial va a transformar la productividad. Es razonable esperar importantes aumentos de eficiencia en numerosos sectores, especialmente en aquellas actividades con abundancia de tareas repetitivas, administrativas o basadas en el tratamiento de información.

Pero el impacto no será uniforme. Algunas profesiones cambiarán profundamente. Otras desaparecerán parcialmente. Nacerán nuevas ocupaciones. Y muchas profesiones sobrevivirán precisamente porque incorporarán IA a su manera de trabajar. La verdadera ventaja competitiva será la combinación de tres elementos:

“CONOCIMIENTO + TECNOLOGÍA + CRITERIO”

Si falta el primero, no sabemos qué estamos haciendo. Si falta el segundo, probablemente trabajaremos más lentamente que nuestros competidores. Si falta el tercero, podemos hacer una barbaridad a una velocidad extraordinaria.

Quizá la inteligencia artificial termine enseñándonos una lección que habíamos olvidado. Durante años hemos considerado que ser inteligente consistía en saber muchas cosas. Ahora tenemos máquinas capaces de saber y procesar cantidades de información que ningún ser humano podría manejar individualmente. Y eso nos obliga a replantearnos qué significa realmente ser inteligente.

Tal vez la verdadera inteligencia no consista solamente en conocer la respuesta. Consista en saber qué pregunta debemos hacer, cuándo debemos dudar, qué información debemos comprobar y cuándo debemos reconocer que no sabemos algo.

La IA puede ser extraordinariamente inteligente, pero todavía necesita que alguien le diga qué merece la pena hacer.

Y ahí, de momento, seguimos teniendo ventaja, porque una máquina puede calcular el camino más rápido. Pero todavía somos nosotros quienes decidimos adónde queremos ir.